El beneficio de ser tú mismo - GestaltExplora
18791
post-template-default,single,single-post,postid-18791,single-format-standard,tribe-no-js,et_monarch,ajax_fade,page_not_loaded,,qode-title-hidden,qode-content-sidebar-responsive,qode-theme-ver-17.2,qode-theme-bridge,wpb-js-composer js-comp-ver-5.6,vc_responsive

El beneficio de ser tú mismo

¿Qué le pides a este 2020? Generalmente cuando  cambiamos de año suele ser momento de hacer balance del año que se va y nos planteamos cambios para afrontar el nuevo periodo que comienza. Principalmente solemos abordar casi todos nuestros asuntos problemáticos desde los pensamientos, es decir, todo aquello que queremos mejorar le comenzamos a vueltas a la cabeza, elucubrando la forma sobre qué podríamos hacer para evitar la causa del problema y trazar un plan de conducta que nos lleve a un lugar más  deseado. Muchos de estos propósitos tienen un escaso recorrido y se suele decir que: «La mentira tiene las patas muy cortas». Desde esta posición es probable que no estemos afrontando el asunto desde su núcleo y solamente estemos poniendo otro collar distinto al mismo perro o quitando la piel más superficial de una cebolla sin apenas extraer la primera capa. Sobre esto es básicamente lo que estamos abordando desde que escribiese la entrada y que podéis leer cuando deseéis – De regreso a la esencia –, o todo el recorrido que hemos hecho hasta ahora del Eneagrama.

Pongo un ejemplo a todo esto:

-Si tengo un problema con un compañero de trabajo y su comportamiento me irrita, aunque no me haya hecho directamente nada que me haya perjudicado; además de no tener más remedio que pasar con él toda una jornada laboral, más tiempo del que pasamos con nuestra pareja y/o amigos probablemente. -¿Cómo lo abordo?-

Una actitud que nos indicará más allá de la resolución del conflicto si estamos enganchados y desde ahí poca salida tendremos, es observar nuestros pensamientos, si entran en una espiral de elucubraciones, si me engancho con ellos, si entro en conflicto con él, si la actitud con este compañero me afecta en el desempeño de mis funciones en el trabajo o fuera de él. Ya he mencionado anteriormente que el ser humano tiene una gran dificultad de experimentar el mundo directamente, generalmente lo vemos a través de la lente distorsionada de nuestro carácter y cómo éste trabaja para seguir engordando nuestro ego.

Desde un trabajo terapéutico donde se aborden aspectos meramente cognitivos, así como pretender vivir desde nuestro centro mental, sin observar nuestras emociones ni sentir el cuerpo, estaremos condenados a quedarnos engancharnos fácilmente en muchos asuntos y a sufrir durante todo nuestro viaje.

Lo que la psicología ortodoxa no contempla y en eso, hasta la clínica está ya de acuerdo, trabajamos muchas veces con material cuyo origen traumático puede tener un origen intrauterino, por lo tanto, ¿Cómo podemos abordar muchos de estos aspectos sólo desde los pensamientos, si el feto, el bebé o el niño aún no habían desarrollado su centro cognitivo? Por esta razón, ¿Cómo podemos resolver desde los pensamientos de una forma lógica y racional algo cuyo origen de la herida se produce en una etapa tan temprana en la vida de una persona?

Voy más allá y desde un punto de vista terapéutico hay perfiles de terapeutas muy diversos, algunos predominantemente intelectuales, otros más emocionales y otros provenientes de escuelas donde trabajan la bioenergética y aspectos más transpersonales que se centran más en el cuerpo, sus tensiones, bloqueos, la respiración, la meditación, etc. Considero que la clave en lo terapéutico, más allá del carácter del terapeuta es el tener en cuenta esto y utilizarlo indistintamente en su relación terapéutica cuando el momento lo precise, ya que tanto él como su paciente establecen una relación horizontal entre dos seres humanos, donde por igual se vinculan con todo su ser, desde su centro mental, emocional, corporal e incluso espiritual.

La esencia de una buena terapia a mi criterio se basa en la verdad, en la honestidad, en abrirse a la relación con la sensación de confianza de que dentro del espacio terapéutico no hay peligro, el terapeuta no lo va a juzgar y si fuese terapia en grupo, sintiendo que dicho espacio es igualmente seguro y propicio para arriesgar y explorar los aspectos relacionales que muchas veces nos causan tanto sufrimiento en nuestro día a día. En la honestidad y en la verdad no podemos dañar a nadie, pero en cambio en una excesiva contención, represión de un deseo o el no decir a alguien algo sincero por temor a dañarlo, tarde o temprano eso saldrá de forma mucho más dañina, dando lugar a resentimientos y reproches que propiciarán un conflicto mayor.

El alejamiento de nuestra esencia, la estructura de nuestro carácter o simplemente nuestra «neurosis» llamémoslo como nos dé la gana, es la construcción de una falsa personalidad donde me identifico con algo que no soy y voy por el mundo con ese traje creyendo a pie juntilla que ese soy yo y toda lucha y desgaste emocional va orientada a preservar ese traje del que no me puedo desprender, ya que mirarme sin él me causaría una sensación de vacío y vulnerabilidad. En eso consiste principalmente el trabajo terapéutico, despojarme de aquello que no son más que unas máscaras cuya función es alimentar las identificaciones del carácter para mantener la llamas del ego vivo, llamas que nos hacen vivir en contra de nuestras verdaderas necesidades y donde el sufrimiento está garantizado. Una forma de estar en la incoherencia entre lo que se siente, se piensa y se hace y por donde previamente el terapeuta ha tenido que transitar, ha tenido que ajustarse, actualizarse para ajustar su lente a otro modo más honesto y transparente que le sirva a su paciente como espejo y reflejo de sus propias proyecciones, y donde el terapeuta desde su proceso previo reconozca las suyas en el paciente. Muchos psicoterapeutas y terapeutas dan una excesiva importancia a su currículum en el sentido técnico de la palabra, cuantos más conceptos, más máster, más formaciones, se identifican con estas acreditaciones y no con su propio proceso vital, donde sin este último su currículum vale poco más o menos como el papel del inodoro hablando en calidad terapéutica. Hay una característica que he observado en muchos psicólogos donde existe entre ellos y su paciente una gran mesa de despacho, igual o muy similar a la que se utiliza en los gabinetes de abogados, a diferencia de que nosotros no estamos prestando un servicio que se pueda medir por su calidad, sino por la honestidad y el tipo de vínculo o contacto que establezcamos con nuestro paciente. Se le llama psicología, que el significado etimológico está compuesto por los afijos -psico- y -logía-. Psico proviene de la voz griega ψυχή (psykhé), que significa alma, mente, espíritu o actividad mental y Logía, por su parte, deriva del vocablo griego λóγος (logos), que podemos traducir al español como ciencia, estudio o tratado. Es decir, el estudio de la mente aunque en la terapia humanista o el método de trabajo que utilizamos los gestaltistas es más preciso el término «Contacto-Logía», el estudio del contacto entre personas humanas.

Es como si estos psicólogos obviasen el poder del contacto en el sentido literal de la palabra y donde se han olvidado del poder curativo de sus propias manos, el contacto corporal y lo que produce a veces un abrazo e incluso donde la distancia a la que nos colocamos del paciente y su variabilidad durante la terapia puede tener un significado y un aporte muy provechoso en cuanto a la confianza que se establezca de dicha relación. También la mesa representa un elemento de jerarquía y poder. Cuando entramos en el despacho de quien sea, sabemos dónde está la autoridad, el que sabe, el que nos va a amonestar o ayudar, porque él tiene el poder, el control y nosotros no sabemos nada al respecto. Ocurre también en la medicina cuando vamos con una sintomatología física y el médico de familia con su experiencia y saber empírico de todos los casos similares que ha tratado, te receta el medicamento que te va a curar. Es decir, el médico con su bata blanca ya desde que entras por la puerta y te dice implícitamente: «¡Siéntese! Dígame lo que le pasa que yo sé y le voy a dar la solución». De eso es de lo que la terapia humanista huye, ya que independientemente de un encuadre que se compone de unos acuerdos previamente pactados con nuestro paciente, la relación entre ambos es totalmente horizontal. Yo como terapeuta no se más de lo que mi paciente sabe cuándo llega a terapia, aunque este me diga que no sabe muy bien ni siquiera el motivo por el que acude a terapia. Tampoco tengo un propósito de curar o llegar a nada con él, sino que me limito a escuchar, por supuesto, pero más que escuchar incluso necesito ver «qué hace» el paciente con su cuerpo, dónde y cómo se coloca, el tono de voz, si el mensaje oral guarda alguna correlación con su expresión facial y su postura, mientras no pierdo contacto conmigo puesto que su presencia y actitud me afecta a mí de alguna forma determinada.

No digo que la técnica no sea importante y que el terapeuta sea buen conocedor de ella, pero ésta ha de estar al servicio de la propia experiencia y no a la inversa donde muchos terapeutas le dan al paciente una batería de pautas para modifique sus pensamientos porque sí y por ende sus acciones ya estarán encaminadas a la obtención de una mayor satisfacción sin ahondar en capas más profundas de su carácter. En cambio esta forma en realidad lo que consigue en neurotizar mucho más al paciente que en el mejor de los casos podrá aclimatarse mejor a un contexto conflictual concreto, pero en otros distintos repetirá el mismo patrón, ya que no habrá existido un “insigh” o ningún «darse cuenta». En definitiva le estamos dando la misma medicina que lo ha traído hasta nosotros, un déficit madurativo en el cual es incapaz de individualizarse, reconocerse, ni explorar por sí mismo sus propios límites. El terapeuta en este caso no es un guía en el proceso del paciente, sino que se convierte en una autoridad que si cabe lo hace más dependiente incluso con el curso de la terapia de lo que vino inicialmente. Por ello un máster, un grado, muchos cursos, etc., no voy a discutir que no sean necesarios pero en cualquier caso lo que va a determinar el éxito terapéutico es si el terapeuta se ha convertido en persona y ha ahondado previamente aspectos fangosos de su personalidad para acompañar a sus pacientes por el mismo camino que él previamente ha recorrido. No es necesario que el terapeuta tenga todo resuelto, cosa que es imposible y como ser humano no dejará en ningún momento de crecer hasta su muerte, pero lo que está claro es que ningún terapeuta puede llevar más lejos de lo que él ha recorrido a ningún paciente. Hay autores que incluso afirman varios bloques esenciales por donde el terapeuta ha tenido que transitar y llegar a un punto óptimo de integración al respecto en asuntos tales como la autoridad, el apego, la responsabilidad o la muerte. Imaginemos por un momento un terapeuta que tenga una relación muy conflictiva con la autoridad o que tenga dificultad para manejarse con su autoridad interior, con ese al que llamamos en Terapia Gestalt el «policía interno o el perro de arriba», ¿Cómo va a sentirse cuando su paciente le exprese una dificultad que le haga resonar sabiendo que su trayecto en esa cuestión es muy corto? o ¿Qué pasaría si el paciente le intenta sacar de sus casillas desafiándole e intentando colocarse por encima de él? Al igual que tampoco podríamos hacer un acompañamiento exhaustivo ni profundo si un terapeuta hombre trata de dar luz a un conflicto de su paciente con su madre, ya que el terapeuta al ser varón no puede representar ese rol y viceversa en caso de terapeuta mujer con un padre.

Por lo tanto la honestidad y nuestro propio viaje como terapeutas está por encima de cualquier conocimiento teórico, intelectualización o receta que nos ponen por encima de nuestro paciente y que muchos terapeutas recuren con mucha asiduidad, con el pretexto de sanar, tener que hacer algo, ya que el silencio les incomoda o llevar al paciente a un punto concreto más quizás más por el motivo de engordar su propio ego, que su apertura, su amor y su respeto a la persona que tienen delante.

Además de los aspectos intelectual, emocional e instintivo, hablaba antes de otro plano llamado el centro o plano espiritual. Entendiendo por “espiritual”, al menos en mi caso, un plano donde el individuo ha adquirido una capacidad en soltar el control obsesivo sobre las cosas, ha incorporado un estilo de contacto con el exterior donde los pensamientos han dejado de gobernar su cuerpo y su existencia, y donde se rige por una serie de pautas, leyes o señales que puede observar y que están orientadas completamente a favor de sus verdaderas necesidades. El individuo ha transcendido más que otras personas a su propio “ego” y se vive en un estado impersonal, se ha cansado de la identificación que solía hacer de su propio “yo”, se ha convertido en un mero espectador de su propio viaje, se considera un actor más en el juego de la vida y acepta el balance de pérdidas y ganancias que durante su trayectoria de vida va irremediablemente a sufrir, aceptando su propio dolor y sabe nutrirse de él, no lastimándose con él, dando paso a nuevas etapas de las que desde su actitud sabia ante la vida sacará el máximo provecho de cada una de ellas. Un individuo que es consciente de sus límites comenzando desde los de su propio cuerpo, es consciente de él (vibraciones, latidos, olores, dolores, presiones, tensiones, sensaciones, goces, etc.) y también de sus capacidades y limitaciones como ser humano que es, asumiendo con humildad el papel y el desempeño de su propio proyecto vital. Una persona que ha transcendido al funcionamiento neurótico de su propio carácter y donde ya no se identifica con nada, así como tampoco ve hostiles las diferencias, su apertura es completa y puede abrirse a la experiencia total, a la empatía, al amor y a expresar sin temor sus emociones. Tampoco ve el mundo desde una estructura dualizada, su forma de mirar mucho más enriquecedora le permite ver procesos y una amplia gama de posibilidades casi infinita, donde ya no es todo blanco o negro, donde ya no se define como “esto o aquello”, sino que es “esto y aquello” simultáneamente. Negar que todos tenemos algo de psicopatía en mayor o menor grado ya no debería asustarnos, porque lo podamos reconocer o no, todos tenemos un lado masculino y femenino, un lado pacífico y violento, un lado seguro e inseguro, un lado inquisidor y otro permisivo, un obsceno y otro puritano, un lado cuerdo y otro de locura, solo que la inmensidad en la que viven aquellos que han logrado alcanzar lo que estoy describiendo, son aspectos ya integrados y reconocidos, los cuales no se pelean en ocultar o negar, así como tampoco los proyectan al exterior dañando con ello a otros, colocándoles aspectos propios que no pueden reconocer en sí mismos.

¿Te atreves a hacer este viaje conmigo?

Te acompaño

 

No hay comentarios

Deja un comentario

Share This